En los días de hoy, creo imprescindible, plantearse con gran preocupación y poder de autocrítica, cual es el grado de responsabilidad y compromiso que, como cristianos, asumimos frente a lo que nos rodea, y que aumenta día a día, la pobreza a nivel mundial.Claro está, que el actual estado de marginación es debido en gran parte a la desigual distribución de riquezas entre los ciudadanos. La gran brecha entre ricos y pobres. Que millones de personas en el mundo posean una fortuna equivalente al ingreso anual de la mitad de la humanidad, trae un efecto devastador sobre los sectores mas humildes de nuestras comunidades.
Ahora bien, todo lo que se dijo anteriormente es verdad, pero como analizamos al prójimo, lo debemos hacer de la misma manera con nosotros mismos: ¿Qué posibles actitudes tomamos nosotros frente a la realidad que nos asecha?. Como hombres que somos, y ante la igualdad que hay ante los ojos de Dios, ¿tomamos responsabilidad necesaria para penetrar en los criterios económicos y sociales de nuestros pueblos?.
Ésta preocupación, nos lleva a plantearnos: ¿ De qué nos sirve decir tener fe, si no lo demostramos en obras? ¿ De qué nos sirve ver a un hermano o hermana sufriendo de hambre y frío si lo dejamos pasar y sólo por dentro nuestro decimos, ojalá encuentren lo que necesitan?. Si la fe no va acompañada de obras, de nada sirve.
Actuemos de manera ética y responsable contra la estructura injusta de nuestras sociedades, que empobrece, material y espiritualmente, a nuestros pueblos. Seamos apóstoles de Jesucristo que nos salvó y murió por nosotros para que gocemos de la vida sirviéndole a los demás lo que necesitan para vivir dignamente como todos nos merecemos. Nadie es más importante que otro. No nos aferremos a lo material. Si queremos llegar al gran Paraíso del Señor, nada de lo que pertenece a éste mundo servirá. Sólo el amor que tenemos y damos, Dios tendrá en cuenta.